Petición de Una Madre

Una bendición que jamás daré por sentada fue haber crecido con mis dos padres a mi lado. Pero para contar la historia completa, tengo que mencionar a mi abuela, la mamá de mi mamá. Ella fue un pilar fundamental para nosotros en esos primeros años, dándonos esa red de protección que nos marcó la vida. Y es que ese amparo no fue coincidencia; fue el fruto natural de ese corazón tan inmenso que Dios le dio a mi mamá. Durante mucho tiempo sus primeros años fueron casi un misterio para mí, pero estas últimas semanas, al escucharla, se me abrió una ventana para descubrir a la mujer que siempre fue, más allá de su rol de madre.

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Mi mamá nació el 22 de abril de 1958 en Chanco, un pueblo que respira el aire del mar en la Séptima Región. Algo que hay que entender de ella es que, aunque mis padres crecieron con el amor de sus familias, el de ella tuvo un matiz de especial dulzura. Mientras mi papá aprendía a ser fuerte para sobrevivir, ella se dedicaba a coleccionar esos gestos de cariño y detalles que terminaron por definir su esencia.

Su madre era empleada en el Fundo Miramar. Como su único hermano —un medio hermano casi veinte años mayor— ya se había ido de la casa, ella se crió prácticamente como hija única. Esa realidad la convirtió en la "hija postiza" de los patrones del fundo, creciendo en un entorno que llenó su infancia de tesoros. Todavía le brilla la cara al recordar cómo jugaba con esas muñecas de trapo y rostros de porcelana que parecían piezas de museo. Pasaba sus ratos libres perdida en las páginas de El patito feo o Hansel y Gretel, mundos de fantasía que devoraba mientras armaba rompecabezas con una paciencia infinita.

Obviamente, no se salvó de los roces propios de la niñez. Me ha contado de las peleas con sus "hermanos postizos", que casi siempre terminaban con ella refugiada bajo un árbol, esperando una pastillita de menta; un "remedio" bendito que siempre le quitaba la pena. Hay algo profundamente hermoso en una infancia donde la herida más grande se sanaba con una menta. Como la dejaron ser niña, creció con un corazón que siempre se ha mantenido blando.

Fue, sin duda, la "regalona". Jugaba con lozas en miniatura y con autitos que cobraban vida con el aire de un globo. Incluso los veranos tenían un tinte sagrado; la llevaban a la playa a ver las puestas de sol y a disfrutar de esos manjares que solo se prueban frente al mar. Al pensar en esos días, me viene a la mente una antigua foto en blanco y negro: aparece la familia completa y ahí está ella, con una pelota en las manos, rodeada de ese afecto que la hacía brillar. Ese regaloneo fue, en realidad, un regalo para nosotros; ella se estaba llenando de amor para que, décadas después, tuviera de sobra para entregarlo a sus propios hijos.

Incluso el camino al colegio era una aventura. Caminaba desde Miramar hasta Chanco haciendo puras travesuras. Se acuerda de ir justo delante de su padre, casi haciéndolo tropezar, y pateando piedras todo el trayecto. Pasaba rompiendo los zapatos, pero tenía la bendición de un papá que simplemente le compraba unos nuevos. No había espacio para arreglos ni parches; para él, su hija no merecía menos que caminar sobre cuero nuevo cada vez.

Fue una niña sumamente amada. Hay una historia que resume esa devoción: cuando iba en la micro con su papá hacia Cauquenes, si ella divisaba por la ventana esa flor amarilla que tanto le gustaba, él hacía que el chofer detuviera el bus solo para bajarse y cortársela a su niñita. Él también fue quien acercó a la familia al Señor, forjando una fe que tendría que sostenerla años más tarde, cuando le tocó vivir la dura realidad de perderlo siendo ella tan joven. Ante esa pérdida, ella y mi abuela se volvieron inseparables; un vínculo de dos mujeres que terminó siendo la red de seguridad de mi propia infancia.

Mi mamá siempre ha tenido alma de artista. Supo desde temprano que quería ser profesora de artes plásticas; le encanta el telar, el origami y el teatro. Aunque no se dedicó a eso profesionalmente, ahora me doy cuenta de que yo crecí vistiendo su arte. Nunca ha dejado de tejer; lo hace prácticamente dormida. Cada chaleco, zapatito o pantalón que me hizo es una muestra de su talento. Yo he sido una galería andante de su trabajo.

Y aunque no tuvo el título de profesora, se ganó otros más importantes. Para mí, ella siempre será la "enfermera del vecindario". Sin necesidad de un cartón, se ganó el respeto de la comunidad curando heridas y cuidando a los ancianos. Es, además, una experta en organización; no solo con las agendas, sino con nuestras vidas enteras, asegurándose de que cada detalle de la casa esté siempre en su lugar.

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Mis padres fueron pololos de la media, pero su camino no fue una línea recta. Se separaron un tiempo para crecer y fue en ese periodo, justo antes de casarse, cuando mi mamá entregó su vida por completo al Señor.

Cuando se convirtió en madre, lo hizo con la misma ternura con la que cuidaba a esas muñecas de porcelana. Ella es la heroína de lo cotidiano. Mi papá ha sido el héroe de uniforme, pero ella es quien carga con el peso de las cosas "pequeñas" que, en realidad, son los pilares de todo. La recuerdo llevándonos en esos viajes eternos en micro por todo Santiago; jornadas que se nos iban haciendo trámites o visitando a una prima para que nos cortara el pelo en pleno Cerro Navia, volviendo los dos con un estilo nuevo. También la recuerdo acompañándome, a mis diez años, a mis clases de piano en pleno centro de Santiago, cuidando cada detalle para que yo pudiera cumplir mis sueños.

Así como a ella la regaloneaban con flores amarillas, ella nos regalonea a nosotros. Detiene el mundo por un gusto: unas papas fritas en Los Pollitos Dicen, dulces del Paseo Ahumada o un libro de sopa de letras en el Paseo Estado. Incluso me llevaba a tiendas de música solo para dejarme meter ruido con instrumentos que ella sabía que, algún día, yo iba a amar.

Sin embargo, el camino no siempre fue fácil. Viviendo bajo el mismo techo cuando yo era adolescente, éramos como el perro y el gato, peleando siempre. Si soy honesto, era porque yo era flojo; estaba tan acostumbrado a que ella cuidara cada detalle que simplemente asumía que ella lo haría todo. No fue hasta que me fui del país que "me cayó la teja" de todo su sacrificio. Vi que ese calor con el que ella creció no fue solo para su disfrute; lo usó para ser el pilar de nuestro hogar, sosteniendo a mi padre con oración en sus propias batallas y suavizando los golpes de la vida para nosotros.

Somos su mayor triunfo. No hay día en que su voz no se vista de gala para hablar con orgullo de sus hijos, de sus nietos o hasta de su gato. Es esa amiga leal que mantiene contactos por décadas y la mujer que nunca ha dejado de orar por nosotros. A mi viejita de vez en cuando, le echamos la talla y le cantamos La Consentida, pero la canción que de verdad la identifica es Petición de una Madre.

Cuando le pedí que resumiera su vida en un párrafo o dos, me dijo:

“Nunca dejen de confiar en el Señor; al final, nuestra fe y toda nuestra confianza están puestas en Él. Solo hay que saber esperar en Su voluntad, porque Él siempre quiere lo mejor para los que le sirven”.

Si la vida de mi papá se definió por la superación, la de mi mamá se define por la abundancia de corazón. Ella tomó el calor de su propia crianza y lo volcó en la nuestra, asegurándose de que nuestra casa fuera, ante todo, un refugio.

Te amo, mamá.