De la Tierra al Honor

El quinto mandamiento de la Biblia nos empuja a una vida de respeto profundo, cuidado y honor hacia nuestros padres, y quizás esta sección existe porque he estado tratando de entender cómo se ve ese "honrar" en la práctica. Quiero saber qué significa más allá de ese amor que siempre está ahí, en silencio, al fondo de la vida cotidiana; aunque debo admitir que tratar de resumir una vida entera en un par de páginas se siente un poco como intentar cargar agua con las manos.

Una de las cosas que más me ha dado vueltas es darme cuenta de que no solo estoy contando mi historia, sino también las historias de personas cuyos sacrificios se convirtieron, silenciosamente, en la arquitectura de mi vida mucho antes de que yo tuviera edad para notarlo. Quería que quien leyera esto se encontrara no solo con mi perspectiva, sino también con la de quienes me vieron convertirme en quien-quiera-que-esté-siendo hoy. Por eso pasé horas conversando con mis padres de una forma en la que, por alguna razón, nunca lo habíamos hecho.

Y no fueron conversaciones por encima. Fueron de esas donde de repente miras la hora y te das cuenta de que una tarde cualquiera se transformó en un "voy tarde a buscar a mi hijo al colegio", porque un recuerdo nos iba llevando a otro. De pronto estábamos hablando de miedos de infancia, del matrimonio, de la pobreza, la fe, el agotamiento, la crianza, las heridas emocionales... y del extraño milagro de cómo hay gente que sobrevive a vidas durísimas sin dejar que la amargura se les instale para siempre en el corazón. Esta es la sección donde cuento sus historias. O, al menos, mi pequeño intento de hacerles justicia.

* * *

Mi papá nació el 9 de noviembre de 1958 en Cauquenes, una pequeña ciudad en la Séptima Región de Chile. Si pensamos en alguien que tuvo que trabajar desde niño —y no de esa forma dramática y literaria que se lee en los libros, sino simplemente porque la supervivencia exigía que todos pusieran el hombro—, entonces pensamos en él. Desde muy chiquito ya estaba ayudando a mantener a la familia a flote, cargando responsabilidades mucho más pesadas que sus años, pero logrando, de alguna forma, mantener un corazón blando a pesar de todo. Honestamente, eso me parece un milagro propio, porque la vida dura tiene una forma muy efectiva de endurecer a la gente si uno se deja.

No había riqueza a su alrededor mientras crecía... a menos que contemos el gozo como riqueza, algo que creo que deberíamos hacer. Porque a pesar de haberse criado casi sin nada, mi papá todavía recuerda la felicidad con una claridad impresionante, y creo que eso dice algo profundo sobre su alma. Uno de sus juguetes favoritos era un camioncito de madera amarrado a un cordel barato; su hermano menor tenía uno igual, y juntos los arrastraban por los caminos de barro afuera de su casa. Construían caminos imaginarios en la tierra como si fueran ingenieros diseñando civilizaciones enteras. Incluso cuando los camiones se iban a un merecido descanso, el juego no paraba: seguían con pelotas hechas de calcetines viejos, encontrando más alegría en esos restos humildes que en cualquier tesoro comprado en una tienda.

No lo digo para sonar dramático, sino porque así era: vivían con lo justo, y esa necesidad era una sombra que siempre estaba ahí, recordándoles lo difícil que era ganarse el pan.

Al principio, mi familia vivía en una casa compartida, pero eventualmente se mudaron a un terrenito que mi abuelo consiguió vendiendo sus bueyes: cambió su sustento por un lugar que finalmente pudieran llamar propio. En ese terreno se levantó una casa de adobe, construida con el único material que realmente podían costear, y dentro de esas paredes vivían mis abuelos, mi papá y sus cinco hermanos menores. Ser el primogénito significó que la niñez se le escapó entre los dedos. No hubo un evento dramático que lo marcara, sino la madurez forzada de saberse responsable de los suyos, cuando todavía le correspondía simplemente ser un niño.

Aun así, de alguna forma, la alegría sobrevivió.

Uno de sus recuerdos favoritos es recoger cualquier tronco viejo que pillaban cerca del estero junto a sus hermanos. Eran maderas rústicas, pero ellos se lanzaban río abajo como si fueran capitanes en barcos de lujo, aunque en realidad eran puros porrazos esperando pasar. Se ríe contándome esto, y me impacta cómo los momentos de felicidad se le quedaron grabados en la memoria, incluso cuando la vida era cuesta arriba. Terminaban esas aventuras estilando agua y con las rodillas peladas, pero se aseguraban de esconder las heridas. Para ellos, era más fácil aguantar el dolor en silencio que enfrentar el rigor de su mamá por poner a la familia en riesgo.

Pero incluso dentro de esos recuerdos, el cansancio siempre estaba cerca.

Cuando mi abuelo se enfermó, mi papá tuvo que ayudar a trabajar el campo mientras seguía yendo al colegio. Me contó historias de cómo estudiaba con un libro en una mano mientras trabajaba la tierra con la otra; suena a exageración de novelista, pero era su pura realidad. Nunca olvidó cómo su mamá golpeaba puertas por todos lados buscando cualquier trabajito que saliera: lavar ropa, trámites o labor de campo. No buscaba plata, buscaba el trueque; se ganaba un pollo o unos kilos de hortalizas, y con eso se devolvía a la casa con la frente en alto porque había conseguido el sustento.

Luego, los fines de semana, llevaba todo lo que había ganado a la feria. Ahí es donde entraban sus habilidades de negociante: transformaba esas cosas en lo que realmente necesitaban, como ropa y comida para la mesa. Ella era la que hacía que todo funcionara.

Mi papá la amaba profundamente. Uno lo nota de inmediato por cómo se le suaviza la voz cada vez que habla de ella, como si una parte de él volviera a ser niño por un momento.

La relación con su padre era más complicada.

Como muchos hombres de esa generación, mi abuelo no era solo emocionalmente distante; era un hombre tosco. En su vocabulario la ternura simplemente no existía; para él, la vida era blanca o negra, sin matices. Como mi papá era el primogénito, mi abuelo depositó todas sus expectativas en él, cargándolo de responsabilidades. Y aunque se sentía orgulloso de su hijo, ese orgullo no venía acompañado de afecto, sino de más exigencia. Si mi papá alguna vez tenía una duda o expresaba alguna necesidad emocional, mi abuelo reaccionaba con enojo, viendo esa vulnerabilidad como una debilidad y no como algo propio de un niño. Por eso, mi papá buscó refugio en su madre; necesitaba un lugar seguro donde descansar, y ella era la única que se lo daba.

Esos años le dejaron marcas; marcas silenciosas que lo han seguido hasta la adultez y que pegan fuerte al darse cuenta de lo que significa ser padre. En una de nuestras charlas, le pregunté qué sintió cuando supo que iba a ser papá y, después de pensarlo un momento, admitió algo que no me esperaba: temor.

No era un temor a la responsabilidad o a la provisión, sino al parecido. Tenía temor de volverse como su padre. Quería ser cariñoso, gentil y estar presente emocionalmente, pero como él mismo no lo había vivido plenamente, temía que esas piezas faltantes se repitieran a través de él. Es uno de los temores más humanos que existen: el temor a heredar las heridas en lugar de sanarlas.

Una de las bendiciones más grandes de su vida, me ha dicho, fue casarse con mi mamá. Su trabajo en el Ejército —específicamente en la guardia presidencial— le exigía pasar largos periodos fuera de casa, a veces viéndonos solo unos pocos días al mes. Mi mamá cargó con muchísimo peso durante esos años (apoyada por mi abuela, que vivió con nosotros como una torre fuerte mientras crecíamos), algo que mi papá reconoce abiertamente. Pero a pesar de su ausencia física, él siempre encontró formas de que su presencia fuera real para nosotros. Alguna vez me dijo que, como el tiempo con nosotros era limitado, cada momento tenía que ser intencional. Escucharlo decir eso me conmovió porque, a pesar de todo, nunca crecí viéndolo como alguien distante.

¿Estricto a veces? Claro que sí.

¿Cansado? Sin duda.

¿Humano? Mucho.

¿Pero distante? Jamás.

Siempre me sentí seguro a su lado, y quizás solo con eso él ya rompió el ciclo que tanto temía repetir.

* * *

A la gente le encanta contar historias sobre cómo caminaban kilómetros para llegar al colegio, generalmente con el mismo tono con que se habla de sobrevivir a una catástrofe histórica, pero para mi papá eso no era un mito familiar exagerado para darle color a la sobremesa. Era, simplemente, la vida normal. Una de mis historias favoritas tiene que ver con las "sandalias" que usaba para ir a clases, aunque llamarlas sandalias es ser generoso, porque en verdad eran pedazos de neumático viejo cortados con la forma de sus pies y amarrados con tiras de goma; solo para poder caminar bajo la lluvia, el barro, el calor extremo y por caminos llenos de piedras que, de todas formas, siempre se las arreglaban para meterse entre sus dedos. Y como era el hermano mayor, muchas veces le tocaba llevar a uno de los más chicos a cuestas durante el trayecto, una imagen que es al mismo tiempo desgarradora y hermosa.

Empezó el colegio a los seis años en Santa Sofía, un sector en las afueras de Cauquenes. A esa edad, no soñaba con ser nada en específico porque la supervivencia deja muy poco espacio para la imaginación. La única realidad que conocía era trabajar la tierra, ayudar a su familia a subsistir, estudiar y cargar con responsabilidades. Aunque más tarde sí soñó con ser arquitecto, ese sueño nunca se concretó porque a los dieciocho años entró al servicio militar obligatorio, sin saber que eso se convertiría en su carrera de toda la vida.

Honestamente, mientras más escuchaba su historia, más me preguntaba en qué momento descansaba. Así que le pregunté qué era lo que más le gustaba hacer cuando no estaba trabajando. Su respuesta siempre me ha sorprendido: “Ir a la iglesia”.

Al principio esperé una explicación teológica profunda sobre la adoración o la oración, pero en lugar de eso se rió y admitió que una de sus partes favoritas de ir al templo era, simplemente, poder sentarse tranquilo en una banca y quedarse dormido un ratito, porque el agotamiento se había vuelto su compañero permanente. Estaba tan rendido que a veces se dormía en la banca y no despertaba hasta la mañana siguiente. Ese era el nivel de cansancio que traía encima. Y, la verdad, algo en esa respuesta me parece extrañamente sagrado. Cuando tu infancia está llena de caminatas eternas, de estudiar sin parar, de ayudar a criar hermanos y trabajar la tierra antes de que se te agrave la voz, el descanso mismo se vuelve algo santo.

* * *

Para mí, mi papá siempre ha sido un héroe, aunque lleva ese título de dos formas muy distintas. Está el héroe cinematográfico: el que recuerdo con su uniforme de gala del Ejército, con su gorra de vivos dorados y su espada al costado; el hombre que en 2005 partió a la misión de paz de la ONU en Haití para ayudar a cambiar el mundo.

Pero también está el otro héroe: el silencioso. El que no busca atención. El servidor humilde que se levanta cada mañana y elige el sacrificio con tanta constancia que ese esfuerzo se ha vuelto su personalidad. Yo ya sabía que se había criado con muy poco; sabía que había trabajado sin descanso desde niño. Pero escuchar estas historias directamente de su boca expandió algo dentro de mí; me hizo admirarlo no por su grado o su uniforme, sino por negarse a dejar que las dificultades tuvieran la última palabra sobre quién llegaría a ser.

Él rompió ciclos. Ciclos de ausencia emocional. Ciclos de escasez. Ciclos de esa dureza disfrazada de masculinidad. Incluso cuando el trabajo lo mantenía físicamente lejos, se aseguró de que nosotros tuviéramos una infancia distinta a la que él heredó. Tuvimos comida en la mesa. Tuvimos cuidado. Tuvimos protección. Sí, hubo momentos donde las cosas se pusieron difíciles en lo económico, pero la dificultad solo nos "visitó"; no nos crió como lo crió a él.

Este cambio nació de una decisión guiada por el Señor durante sus primeros años en el Ejército: un momento de entrega total donde un hombre que antes trabajaba la tierra fue llamado a la gran ciudad para trabajar con las personas más importantes del país. Fue ese paso de fe el que construyó los cimientos de todo lo que después pudimos disfrutar como familia.

Mi papá tiene un corazón inmenso y muy noble, y aunque a veces las palabras se le queden cortas —como nos pasa a muchos de nosotros—, yo aprendí lo que significa vivir una vida de servicio viéndolo a él hacerlo una y otra vez, sin pedir aplauso alguno.

Cuando una de nuestras conversaciones estaba terminando, le hice una última pregunta: “Si tuvieras que describir tu vida entera en una sola frase, ¿cuál sería?”.

Sin dudarlo, y con esa alegría que solo aparece cuando alguien cree de verdad lo que está diciendo, me respondió:

“Nahum 1:7 — Bueno es el Señor, es refugio en el día de la angustia, y conoce a los que en Él confían”.

Y honestamente, después de escuchar su historia, no puedo pensar en un versículo que le quede mejor.

Te amo, papá.